Todo empezó el año pasado cuando Juli, quien lleva adelante @varitasenmadrid, decidió anotarse en el Lanarte Alicante Fest, yo estaba de este lado del océano mirando desde lejos. Ella fue con su novio, con más entusiasmo que experiencia. Y sin pensarlo fue un éxito. Juli volvió a Madrid con esa mezcla de cansancio y brillo en los ojos que solo aparece cuando algo sale mejor de lo que una imaginaba. Ahí entendí que las varitas podían caminar en otro país. Que no dependían únicamente de mi mesa de trabajo en Argentina.
Después de ese evento llegó una invitación para estar en Love Yarn Madrid... claro, Alicante nos había dado ese aval que necesitábamos para que nos conozcan. Pero la verdad es que en ese momento la invitación no encajaba en ninguna parte. Yo tenía el casamiento de una amiga y Juli planeaba viajar a Argentina, y la oportunidad quedó flotando, como esas cosas que uno piensa “será más adelante”. Hasta que en noviembre los planes cambiaron. Su viaje se suspendió y la idea de anotarse cobraba vida. Yo intenciones de viajar no tenia... O mejor dicho, lo pensaba y lo descartaba en el mismo movimiento. Estaba muy justa económicamente. Viajar no era un lujo posible, era una imprudencia. Si iba, enero tenía que ser entero para producir. Eso significaba frenar ventas, cortar ingresos, reorganizar todo.
Y sin embargo, ella me insistía y yo iba aflojando. Un día me propuso una oportunidad irrefutable: que ellos sacaban los pasajes y después veíamos cómo lo resolvíamos. Que nos quedábamos en su casa porque total ella iba a estar sola, que Nico si se venía a Argentina. Que el gasto más fuerte era el vuelo y que eso ya lo solucionábamos. Recuerdo perfecto el momento en que le respondí. Fue un mensaje simple: “Sacalos del 3 al 18” Y en ese segundo sentí algo que no era exactamente alegría. Fue vértigo. Y fue culpa.
Culpa por aceptar algo que sentía que todavía no “merecía”, de pensar que no me estaba yendo lo suficientemente bien como para permitirme ese logro. Como si viajar a exponer en otro país fuera algo reservado para cuando todo ya está acomodado, cuando la cuenta bancaria está en orden, cuando el negocio explota. Había una parte de mí que pensaba que todavía no era mi momento. Y otra que sabía que si decía que no por miedo, me iba a quedar todo el año preguntándome qué hubiera pasado.
Con Nacho lo hablamos y hubo algo que se sintió más fuerte que la lógica. Cuando los pasajes llegaron al mail, sentí que el vértigo se volvía real. Ya no era una idea. Era un vuelo con fecha y hora.
No sabía cuánto íbamos a vender en LYM. No sabía si el producto iba a ser aceptado. No sabía si iba a sentirme extranjera o en casa. Pero por primera vez entendí que a veces el crecimiento no llega cuando todo está resuelto, sino cuando una se anima un poco antes de sentirse lista.
Si hablamos de arengadoras seriales, Juli se lleva todos los premios. Me empezó a insistir también con dar un taller de varitas. Menos mal! porque claro está que yo con tal de evitar más estrés no lo hubiera hecho... pero es cierto que con ella fue todo doblemente más fácil porque se puso al hombro el proyecto de una manera que más de una emprendedora envidiaría. Mi yo negativa y negadora tenía una expectativa de cero anotadas. Escribíamos a laneras y mercerías y nadie nos daba bola. Nadie entendía bien creo yo de qué se trataba un taller de varitas.
Por esas cosas del destino, resulta que Nico, el novio de Juli, tiene una prima lejana venezolana que vive en Madrid y que tiene una libreria con un espacio para dar charlas y talleres. Le contamos nuestra idea y nos ofreció su espacio sin dudarlo. Asi que con lugar apalabrado comenzamos con la convocatoria en redes. También con ayuda de una amiga que nos corrió la voz con su círculo de tejedoras madrileñas finalmente llegamos a 8 inscriptas! el cupo máximo que esperábamos.
Muchas sensaciones vividas y yo todavía sin subirme al avión. Recordemos que en este momento del relato estamos en enero, preparando todo. Entre trabajos alternativos, una despedida de soltera en Mar del Plata y producción a full para la feria, mi cabeza era un torbellino: si me quedo corta, si llevo de más, si esto va a gustar, si debería sumar aquello, si estoy siendo irresponsable o valiente.
El taller ya tenía ocho inscriptas. La feria en Love Yarn Madrid estaba confirmada. Los pasajes comprados. El vértigo instalado.
Y yo seguía acá, en Argentina, entre pinceles y porcelana, tratando de entender en qué momento decir “sí” se convirtió en algo tan grande.
Todavía no había cruzado el océano y ya estaba aprendiendo más de lo que imaginaba.
Pero lo más lindo todavía no había pasado.
Eso empezó el día que aterrizamos en Madrid.
(Continuará.) ✨
Por cierto... si estás en España y querés varitas, hacé click acá